Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
Creado: 17.06.2026 | 11:32Actualizado: 17.06.2026 | 11:32
Fuente: https://muyinteresante.okdiario.com/historia/analisis-adn-antiguo-54-bebes-iberos-revela-600-anos-historia-genetica-antes-roma.htmlUn análisis de ADN antiguo en 54 bebés revela que los íberos conservaron gran parte de su herencia genética durante 600 años, pese a siglos de contacto con fenicios, griegos y cartagineses
El ADN antiguo muestra que los pueblos ibéricos del noreste peninsular apenas experimentaron cambios genéticos durante seis siglos antes de la romanización. Recreación fantasiosa. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
La historia de los iberos suele contarse como la de una cultura profundamente conectada con el Mediterráneo. Sus asentamientos comerciaban con fenicios, recibían productos griegos y, más tarde, convivieron con la creciente influencia cartaginesa. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz ánforas, cerámicas, joyas y objetos procedentes de lugares muy alejados de la costa oriental de la península ibérica. Sin embargo, una nueva investigación genética acaba de introducir un importante matiz en ese relato: los intercambios culturales fueron intensos, pero su impacto biológico fue mucho menor de lo que se pensaba.
Lo que vas a descubrir en este artículo
- Una cultura nueva, pero con la misma población
- Fenicios, griegos y cartagineses dejaron huella, pero limitada
- Un estudio de ADN antiguo en 314 europeos revela que la caída de Roma no sustituyó una población por otra, sino que creó una nueva sociedad
- Los bebés que permitieron reconstruir la historia genética de los iberos
- Roma cambió el panorama
- Referencias
Un equipo internacional liderado por investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona ha reconstruido la evolución genética de comunidades ibéricas del noreste peninsular a lo largo de aproximadamente seis siglos. El estudio, publicado en la revista iScience, se ha basado en el análisis de los restos de 54 recién nacidos hallados en tres importantes yacimientos arqueológicos de la actual Cataluña, una fuente excepcional de información debido a que los iberos practicaban mayoritariamente la cremación de sus difuntos adultos.
Los resultados ofrecen una imagen mucho más estable de estas poblaciones de lo que los especialistas habían imaginado. Lejos de mostrar grandes sustituciones demográficas o la llegada de grupos numerosos procedentes de otros territorios mediterráneos, los datos apuntan a una continuidad genética notable desde la Edad del Bronce hasta la conquista romana.
Se trata de una conclusión especialmente relevante porque aborda uno de los grandes debates sobre el origen de la cultura ibérica. Durante décadas, algunos investigadores plantearon la posibilidad de que los cambios sociales, políticos y económicos observados durante la Edad del Hierro estuvieran relacionados con movimientos de población significativos. El ADN antiguo sugiere ahora una historia diferente.
Una cultura nueva, pero con la misma población
Los investigadores estudiaron individuos procedentes de tres enclaves arqueológicos que permiten seguir la evolución de las comunidades ibéricas durante varios siglos. El primero es Els Vilars de Arbeca, en Lleida, asociado tradicionalmente a los ilergetes y fundamental para comprender la transición entre la Edad del Bronce y la Edad del Hierro. El segundo corresponde a Sant Miquel d'Olèrdola, en el Penedès, vinculado a los cosetanos. El tercero es El Camp de les Lloses, en Tona, un asentamiento que refleja ya el impacto de la expansión romana.
Gracias al análisis de estos individuos, los investigadores pudieron seguir la pista de la historia genética de las comunidades ibéricas del noreste peninsular durante casi ocho siglos, desde los primeros momentos de la Edad del Hierro hasta los inicios de la presencia romana.
Los resultados revelaron un panorama inesperadamente homogéneo. La inmensa mayoría de las personas estudiadas compartían una misma base genética heredada de las grandes poblaciones que habían modelado la península ibérica a lo largo de la Prehistoria: los cazadores-recolectores occidentales, los agricultores llegados desde Anatolia durante el Neolítico y los grupos de ascendencia esteparia que se expandieron por Europa durante la Edad del Bronce.
En la práctica, esto significa que el surgimiento de la cultura ibérica no estuvo asociado a la llegada masiva de un nuevo pueblo procedente del exterior. Por el contrario, los datos apuntan a que fueron las propias comunidades locales las que protagonizaron una profunda transformación cultural, económica y política sin que se produjera una sustitución significativa de la población.
La investigación refuerza así una hipótesis que desde hace años gana peso entre los arqueólogos: las complejas sociedades ibéricas que florecieron en el este y noreste de la península habrían surgido principalmente a partir de dinámicas internas, con una evolución gradual hacia estructuras sociales cada vez más jerarquizadas, y no como consecuencia directa de grandes migraciones.
Tal y como revela el estudio, la aparición de la cultura ibérica no estuvo acompañada de una sustitución masiva de la población local, sino de un proceso de transformación cultural desarrollado sobre una base genética que ya estaba presente en la región desde la Edad del Bronce.
Fenicios, griegos y cartagineses dejaron huella, pero limitada
La investigación no niega la existencia de contactos con otras culturas mediterráneas. De hecho, los detecta con claridad. Lo que cambia es la magnitud de esos intercambios desde el punto de vista biológico.
Durante siglos, los puertos y asentamientos del litoral oriental peninsular mantuvieron relaciones comerciales con fenicios, griegos y cartagineses. Los objetos recuperados en las excavaciones demuestran que aquellas conexiones eran reales y constantes. Sin embargo, el ADN indica que la llegada de personas procedentes de esas regiones fue relativamente reducida.
A pesar de esta notable continuidad genética, el estudio también identificó algunas excepciones que reflejan los contactos que las comunidades ibéricas mantenían con otros pueblos del Mediterráneo. Algunos individuos presentan rasgos genéticos compatibles con ascendencias procedentes del Mediterráneo oriental o del norte de África, una señal de que personas y familias concretas se desplazaban entre regiones, aunque sin alterar de forma significativa la composición general de la población.
Uno de los casos más llamativos fue documentado en el yacimiento de Sant Miquel d'Olèrdola. Allí, los investigadores identificaron a un recién nacido portador de un linaje materno poco frecuente en la península ibérica y asociado a poblaciones norteafricanas. Según los autores, este hallazgo podría estar relacionado con vínculos familiares surgidos en el marco de las redes comerciales y humanas conectadas con el mundo púnico.
El contexto geográfico del asentamiento ayuda a explicar esta presencia. Situado en una zona bien comunicada con la costa mediterránea, Olèrdola ocupaba una posición privilegiada dentro de los circuitos comerciales de la época. Mercancías, ideas y personas transitaban por estas rutas con relativa facilidad, favoreciendo contactos que, en ocasiones, también dejaron una huella detectable en el ADN.
Sin embargo, estos ejemplos siguen siendo excepcionales dentro del conjunto analizado. Los investigadores subrayan que las aportaciones externas fueron esporádicas y se incorporaron de manera gradual a lo largo del tiempo. En términos generales, las comunidades ibéricas conservaron una fuerte continuidad biológica durante generaciones, incluso en un contexto de intensos intercambios culturales con otros pueblos mediterráneos.
Los bebés que permitieron reconstruir la historia genética de los iberos
Uno de los aspectos más singulares del trabajo reside precisamente en los individuos estudiados. La mayoría de los adultos iberos eran incinerados tras su muerte, una práctica funeraria que dificulta enormemente la recuperación de ADN antiguo y limita las posibilidades de investigación genética.
Por este motivo, los recién nacidos enterrados bajo viviendas, patios y espacios de trabajo se han convertido en una fuente de información excepcional. Estos pequeños enterramientos, relativamente frecuentes en algunos asentamientos ibéricos, han proporcionado a los científicos un material biológico extraordinariamente valioso para reconstruir la historia de poblaciones de las que apenas se conservan restos humanos analizables.
Paradójicamente, quienes apenas llegaron a comenzar su vida se han convertido hoy en una de las principales claves para comprender la evolución biológica de una de las culturas más importantes de la península ibérica prerromana.
Los investigadores analizaron 54 individuos infantiles. En 22 de ellos lograron recuperar suficientes datos genómicos para realizar estudios detallados, mientras que en otros nueve pudieron reconstruir el ADN mitocondrial heredado por vía materna.
Este material ha permitido no solo estudiar la composición genética de las comunidades, sino también explorar sus relaciones familiares.
Los resultados ofrecieron algunas sorpresas. En Els Vilars no se identificaron parentescos cercanos entre los individuos estudiados. En Sant Miquel d'Olèrdola, dos bebés enterrados juntos habían sido considerados durante años posibles gemelos por la peculiar disposición de sus esqueletos. El análisis genético descartó completamente esa hipótesis: no eran gemelos ni tampoco familiares cercanos.
Por el contrario, en El Camp de les Lloses sí aparecieron vínculos familiares directos. Los científicos identificaron una pareja de hermanas y varios individuos relacionados en segundo grado, proporcionando una rara ventana a la estructura familiar de estas comunidades de hace más de dos mil años.
Aunque las excavaciones han documentado abundantes objetos fenicios, griegos y cartagineses en los asentamientos ibéricos, la huella genética de estos contactos parece haber sido mucho más limitada que su influencia cultural y comercial.
Roma cambió el panorama
La verdadera transformación genética comenzó con la llegada de Roma. Los datos procedentes de El Camp de les Lloses muestran una población más diversa que la observada en los siglos anteriores. El asentamiento, vinculado a actividades logísticas y productivas relacionadas con la presencia romana, refleja un escenario mucho más abierto a la circulación de personas.
En este contexto aparecen con mayor frecuencia señales genéticas asociadas al Mediterráneo y al norte de África. Algunas de estas influencias pudieron llegar directamente a través de Roma. Otras quizá procedían de las redes comerciales heredadas del mundo púnico o de contactos con territorios como las Baleares.
Lo importante es que la diversidad aumenta precisamente cuando el poder romano se consolida en la región. La genética confirma así una transformación que los arqueólogos ya intuían a través de la arquitectura, la cerámica, las monedas y otros materiales hallados en los yacimientos.
Sin embargo, incluso entonces, el legado de los antiguos iberos no desapareció. La población romanizada conservó una fuerte base genética local, sobre la que se fueron incorporando nuevas aportaciones procedentes de distintos rincones del Mediterráneo.
La historia que emerge de este estudio es, por tanto, menos espectacular que una invasión o una sustitución de poblaciones, pero probablemente más cercana a la realidad. Durante siglos, los iberos del noreste peninsular comerciaron, intercambiaron ideas y adoptaron innovaciones llegadas de otros pueblos. Su cultura cambió profundamente, pero su ADN permaneció sorprendentemente estable. Solo con la llegada de Roma comenzó una nueva etapa en la que las fronteras biológicas se volvieron más permeables y la diversidad genética aumentó de forma visible.
Lejos de los grandes reemplazos demográficos, la investigación muestra que la historia humana suele construirse mediante procesos lentos, contactos continuos y pequeñas incorporaciones acumuladas durante generaciones. Una lección que, en este caso, ha quedado escrita en el ADN de unos recién nacidos enterrados hace más de dos mil años.
Referencias
- Daniel R. Cuesta-Aguirre et al, The genetic landscape of northeastern Iberian communities from the early to late Iron Age, iScience (2026). DOI: 10.1016/j.isci.2026.116186