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Caminos al pensamiento: Por la Utilidad de la Virtud
Byung-Chul Han, filósofo coreano, habla sobre la sociedad moderna sin tapujos: “El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación”
· La advertencia de Byung-Chul Han, filósofo surcoreano sobre los narcisistas
· Byung-Chul Han, sobre la autoexplotación: «En esta sociedad...»
· Byung-Chul Han: «Quien fracasa en la sociedad del rendimiento...»
Naiara Philpotts @NaiiPhilpotts
Editora formada en la Universidad de Buenos Aires, con posgrado en lectura crítica. Escribo sobre ciencia, tecnología y actualidad. Soy escritora de novelas y gran aficionada a la ciencia ficción.
28/08/2026 07:15 Actualizado: 28/08/2026 07:15
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han desarrolla la idea de la autoexplotación en el ensayo «Más allá de la sociedad disciplinaria», incluido en su libro La sociedad del cansancio, publicado originalmente en alemán en 2010. En ese texto, el pensador analiza cómo el exceso de trabajo y rendimiento termina volviéndose contra el propio individuo.
Byung-Chul Han parte de una comparación con las tesis de Michel Foucault sobre la sociedad disciplinaria, formada por hospitales, prisiones, cuarteles y fábricas. Sostiene que la sociedad del siglo XXI ha sustituido esas instituciones por gimnasios, torres de oficinas, bancos, aeropuertos, centros comerciales y laboratorios genéticos, donde el mandato de rendir ocupa el lugar de la obediencia.
Sus habitantes dejan de ser sujetos de obediencia y se convierten, según la descripción de Byung-Chul Han, en «emprendedores de sí mismos».
¿Qué significa que el exceso de trabajo se convierta en autoexplotación, según Byung-Chul Han?
Para Byung-Chul Han, la respuesta está en la lógica misma del sistema que describe. Al desaparecer el control externo, la persona no gana libertad. Empieza a exigirse a sí misma un rendimiento sin límite.
«La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan», escribe Byung-Chul Han en el ensayo. «Así, el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación», según lo que recogen desde Árbol Invertido.
Byung-Chul Han describe al sujeto de rendimiento como explotado y explotador a la vez. Esa doble función genera una violencia que la persona ejerce sobre sí misma, sin percibirla como una imposición externa.
¿Cómo pasa la sociedad de la disciplina al mandato de rendimiento que describe Byung-Chul Han?
Byung-Chul Han sostiene que las sociedades del siglo XXI ya no producen locos y criminales, como ocurría en el modelo disciplinario de Foucault. Producen «depresivos y fracasados», sometidos a un mandato que procede de ellos mismos, no de una autoridad externa.
«Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley», señala Byung-Chul Han en el mismo ensayo.
«La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre bajo el exceso de positividad. Refleja aquella humanidad que dirige la guerra contra sí misma», añade Byung-Chul Han, que asocia este modelo también con el desgaste laboral y los trastornos de atención, según recoge Filco.
¿Quién es Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que escribió sobre la autoexplotación?
Byung-Chul Han nació en Seúl (Corea del Sur) en 1959. Estudió Literatura Alemana y Teología en la Universidad de Múnich, y Filosofía en la Universidad de Friburgo, donde se doctoró en 1994 con una tesis sobre Martin Heidegger.
Byung-Chul Han fue docente en la Universidad de Basilea entre 2000 y 2012, después de haber ejercido en la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe junto a Peter Sloterdijk. Actualmente, es profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de Bellas Artes de Berlín, según recoge la Fundación Princesa de Asturias.
Byung-Chul Han es autor de libros como Sobre el poder (2005), El aroma del tiempo (2009), La sociedad del cansancio (2010), La sociedad de la transparencia (2012) y Psicopolítica (2014). Antes había recibido el premio Bristol des Lumières (Francia, 2016) y el Salzburg State Prize for Future Research (Austria, 2016). En 2025 recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
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La neurocientífica explica que determinadas neuronas se activan cuando hay silencio y que este proceso puede favorecer la calma y contribuir a la “limpieza” cerebral
Por
14/09/2026 - 08:46 Actualizado: 14/09/2026 - 08:47
El silencio no es solo la ausencia de ruido. Desde el punto de vista del cerebro, puede convertirse en una herramienta activa de regulación y descanso. Así lo explica la neurocientífica Nazareth Castellanos, que ha analizado recientemente un estudio experimental sobre cómo reaccionan las neuronas ante la falta de estímulos sonoros.
Según detalla, la investigación, realizada en ratas, aunque con indicios de que podría ocurrir algo similar en humanos, muestra que no todas las neuronas responden igual al sonido. “Hay neuronas que se activan cuando escuchamos cosas y hay neuronas que se activan cuando hay silencio”, señala. Es decir, el cerebro no solo trabaja cuando recibe estímulos, también lo hace cuando estos desaparecen.
Las neuronas que responden al silencio estarían relacionadas con zonas vinculadas al descanso y la regeneración. Castellanos apunta que estas redes neuronales “ayudan a la limpieza del cerebro y a calmar”, una idea que conecta con investigaciones previas sobre el sistema glinfático, el mecanismo encargado de eliminar residuos metabólicos del tejido cerebral, especialmente durante el sueño.
Aunque el estudio mencionado se ha llevado a cabo en animales, la hipótesis abre una línea interesante: el silencio podría favorecer procesos de restauración cerebral incluso en estado de vigilia. No se trataría únicamente de descansar físicamente, sino de ofrecer al sistema nervioso un espacio sin sobrecarga sensorial.
Desde la perspectiva de la salud mental preventiva, Castellanos menciona una práctica concreta: la llamada privación sensorial breve. No implica aislamiento extremo, sino algo mucho más cotidiano. “Buscar al menos unos minutos a lo largo del día”, explica, puede ser suficiente. Dos o tres minutos en los que se reduzcan al mínimo los estímulos: cerrar los ojos, evitar sonidos y tratar de no interactuar con el entorno.
Cuando el cerebro deja de recibir información constante del exterior, las neuronas que procesan estímulos sensoriales reducen su actividad. La neurocientífica lo describe gráficamente: “cuando empiezan a perder los estímulos que vienen de fuera se encogen un poquito”. Esa reducción no significa desconexión, sino un reajuste hacia estados más calmados.
Vivimos en entornos donde el ruido es permanente: tráfico, conversaciones, notificaciones, música de fondo. El sistema auditivo está en alerta incluso cuando no prestamos atención consciente. Este flujo continuo de información obliga al cerebro a filtrar y priorizar, lo que puede traducirse en fatiga mental.
Ayudan a la limpieza del cerebro y a calmar
Frente a esa dinámica, introducir pequeños espacios de silencio podría funcionar como un mecanismo regulador. No sustituye el descanso nocturno ni el tratamiento psicológico cuando es necesario, pero sí puede formar parte de hábitos de autocuidado.
La clave está en el equilibrio. Si hay neuronas especializadas en procesar estímulos, también existen circuitos que se benefician de su ausencia. Comprender esta alternancia ayuda a entender que el cerebro necesita tanto actividad como pausa.
Carl Jung, sobre el sentido de la vida a partir de los 60: "La tarde de la vida debe tener también un significado propio y no puede ser un simple y triste apéndice de la mañana de la vida"
No podemos medir toda nuestra vida bajo los criterios que nos guiaron durante la juventud. Para Carl Jung, la madurez es esa etapa en la que dejamos de crecer de cara a la galería, para empezar a profundizar en quienes somos en realidad.
Por Celia Pérez León
Redactora
especializada en estilo de vida, bienestar y cultura
14 de septiembre de 2026 · 20:00
Fuente: https://www.cuerpomente.com/psicologia/carl-jung-sobre-sentido-vida-partir-60_19956
En su ensayo, Las etapas de la vida, Carl Gustav Jung analiza algo que no resultará desconocido a quien haya vivido suficientes años como para descubrir que la vida no es tan bonita como imaginamos. “La tarde de la vida debe tener también un significado propio y no puede ser un simple y triste apéndice de la mañana de la vida”, escribe el padre de la psicología analítica.
De lo que nos habla es de esos momentos en los que la vida que hemos construido deja de parecernos suficiente. Quizá una muerte, una pérdida, una separación o una crisis personal nos hace darnos cuenta de que nuestro trabajo, nuestros vínculos y hasta las pequeñas rutinas que llevamos años manteniendo carecen de sentido. Lo que antes nos motivaba, ya no nos mueve de la misma manera. Y es entonces cuando surge la pregunta: ¿podemos seguir viviendo así?
Cada etapa y su tarea
El error, en muchos casos, es pensar que todas las etapas de la vida deben tener un objetivo común. En el citado ensayo de Jung, el psicólogo usa la trayectoria del sol para explicar el desarrollo de la existencia, de la vida misma. Durante la mañana, el sol asciende y amplía su radio hasta alcanzar su punto más alto. Después, comienza a descender. Pero este descenso no representa un fracaso; es la continuación natural de su recorrido.
Algo similar sucede con la vida. Durante la primera mitad de nuestra vida necesitamos crecer, expandirnos. Nos separamos psicológicamente de nuestros padres, buscamos desarrollar una identidad, encontrar nuestro lugar en el mundo, construir relaciones y aprender a desenvolvernos en el mundo. Queremos descubrir qué podemos hacer y demostrar, ante nosotros mismos y ante los demás, que somos capaces de sostener nuestra propia vida.
Estas tareas son necesarias, aunque puedan parecer a simple vista superficiales. El problema es querer seguir viviendo bajo estas directrices cuando se acerca la “tarde de la vida”. Porque esta nueva etapa debe tener su propio significado.
Lo que antes bastaba
Llegado cierto momento, los objetivos que antes daban sentido a nuestra vida empiezan a perder fuerza. La estabilidad económica, el reconocimiento profesional o una determinada posición social ya no nos producen la misma satisfacción que previamente. Puede, incluso, que nuestra vida parezca completa y buena a simple vista, y que aun así sintamos que algo nos falta.
Esta sensación, nos dice Jung, se produce precisamente por la falta de sentido en esta nueva etapa. Para este psicólogo, el conflicto de la madurez aparece cuando intentamos mantener intacta una identidad que ya ha cumplido su función.
Seguimos exigiéndonos producir, competir, agradar o demostrar nuestro valor, aunque algo en nuestro interior nos diga que eso ya no tiene sentido. Que toca bajar el ritmo y observar hacia dónde nos dirigimos. La desorientación se convierte, entonces, en el inicio de una transformación vital. En una señal de que ha llegado el momento de buscar otra motivación. De dejar de lado las expectativas externas y escuchar lo que nos mueve desde dentro.
Una nueva etapa
¿Qué deberíamos esperar, entonces, de esta nueva etapa? Jung nos habla del proceso de individuación, un proceso mediante el cual una persona empieza a integrar los aspectos de sí misma que habían quedado fuera de su identidad consciente. Y es que, desde la perspectiva jungiana, para poder encajar en aquello que los demás consideran lo adecuado, debemos negar ciertas partes de nosotros mismos.
Este proceso no consiste en volverse individualista, romper con los demás o hacer siempre lo que uno desea, sino más bien en dejar de vivir en base a las expectativas ajenas, para desarrollar una relación más honesta con la propia vida interior.
Este, para Jung, es el objetivo de la segunda vida: empezar a integrar esos deseos, emociones o características de nosotros mismos que habíamos desterrado para encajar.
Un sentido propio
A partir de cierta edad, es fácil caer en la trampa de pensar que ya no nos queda nada que hacer, nada que aportar. Hemos cumplido el recorrido del sol, hemos alcanzado nuestro máximo esplendor, y ahora queda descender hacia el ocaso. Pero esta etapa puede estar llena de sentido si apostamos por la individuación: si encontramos un sentido propio.
Seguir madurando puede convertirse así en una etapa con sentido propio. Ahora el objetivo puede ser simplificar, comprender, reconciliarnos con lo vivido y desprendernos de identidades que eran demasiado estrechas. Podemos recuperar viejos proyectos descartados, aprender aquello a lo que no le dimos tiempo, explorar el mundo sin miedo a ser juzgados.
La diferencia radica en que esas decisiones ya no tienen por qué nacer de la necesidad de demostrar nuestro valor. Ahora llegan motivadas por una comprensión más profunda de lo que queremos hacer con nuestro tiempo.
Un primer paso
Si estás en ese momento de tu vida en el que todo te parece confuso e incluso un poco oscuro, tranquila. Cambiar de objetivos, darle sentido a esta nueva etapa, no siempre es sencillo. Para comenzar, te dejamos estos consejos inspirados en la psicología jungiana.