Carl Jung, sobre el sentido de la vida a partir de los 60: "La tarde de la vida debe tener también un significado propio y no puede ser un simple y triste apéndice de la mañana de la vida"
No podemos medir toda nuestra vida bajo los criterios que nos guiaron durante la juventud. Para Carl Jung, la madurez es esa etapa en la que dejamos de crecer de cara a la galería, para empezar a profundizar en quienes somos en realidad.
Por Celia Pérez León
Redactora
especializada en estilo de vida, bienestar y cultura
14 de septiembre de 2026 · 20:00
Fuente: https://www.cuerpomente.com/psicologia/carl-jung-sobre-sentido-vida-partir-60_19956
En su ensayo, Las etapas de la vida, Carl Gustav Jung analiza algo que no resultará desconocido a quien haya vivido suficientes años como para descubrir que la vida no es tan bonita como imaginamos. “La tarde de la vida debe tener también un significado propio y no puede ser un simple y triste apéndice de la mañana de la vida”, escribe el padre de la psicología analítica.
De lo que nos habla es de esos momentos en los que la vida que hemos construido deja de parecernos suficiente. Quizá una muerte, una pérdida, una separación o una crisis personal nos hace darnos cuenta de que nuestro trabajo, nuestros vínculos y hasta las pequeñas rutinas que llevamos años manteniendo carecen de sentido. Lo que antes nos motivaba, ya no nos mueve de la misma manera. Y es entonces cuando surge la pregunta: ¿podemos seguir viviendo así?
Cada etapa y su tarea
El error, en muchos casos, es pensar que todas las etapas de la vida deben tener un objetivo común. En el citado ensayo de Jung, el psicólogo usa la trayectoria del sol para explicar el desarrollo de la existencia, de la vida misma. Durante la mañana, el sol asciende y amplía su radio hasta alcanzar su punto más alto. Después, comienza a descender. Pero este descenso no representa un fracaso; es la continuación natural de su recorrido.
Algo similar sucede con la vida. Durante la primera mitad de nuestra vida necesitamos crecer, expandirnos. Nos separamos psicológicamente de nuestros padres, buscamos desarrollar una identidad, encontrar nuestro lugar en el mundo, construir relaciones y aprender a desenvolvernos en el mundo. Queremos descubrir qué podemos hacer y demostrar, ante nosotros mismos y ante los demás, que somos capaces de sostener nuestra propia vida.
Estas tareas son necesarias, aunque puedan parecer a simple vista superficiales. El problema es querer seguir viviendo bajo estas directrices cuando se acerca la “tarde de la vida”. Porque esta nueva etapa debe tener su propio significado.
Lo que antes bastaba
Llegado cierto momento, los objetivos que antes daban sentido a nuestra vida empiezan a perder fuerza. La estabilidad económica, el reconocimiento profesional o una determinada posición social ya no nos producen la misma satisfacción que previamente. Puede, incluso, que nuestra vida parezca completa y buena a simple vista, y que aun así sintamos que algo nos falta.
Esta sensación, nos dice Jung, se produce precisamente por la falta de sentido en esta nueva etapa. Para este psicólogo, el conflicto de la madurez aparece cuando intentamos mantener intacta una identidad que ya ha cumplido su función.
Seguimos exigiéndonos producir, competir, agradar o demostrar nuestro valor, aunque algo en nuestro interior nos diga que eso ya no tiene sentido. Que toca bajar el ritmo y observar hacia dónde nos dirigimos. La desorientación se convierte, entonces, en el inicio de una transformación vital. En una señal de que ha llegado el momento de buscar otra motivación. De dejar de lado las expectativas externas y escuchar lo que nos mueve desde dentro.
Una nueva etapa
¿Qué deberíamos esperar, entonces, de esta nueva etapa? Jung nos habla del proceso de individuación, un proceso mediante el cual una persona empieza a integrar los aspectos de sí misma que habían quedado fuera de su identidad consciente. Y es que, desde la perspectiva jungiana, para poder encajar en aquello que los demás consideran lo adecuado, debemos negar ciertas partes de nosotros mismos.
Este proceso no consiste en volverse individualista, romper con los demás o hacer siempre lo que uno desea, sino más bien en dejar de vivir en base a las expectativas ajenas, para desarrollar una relación más honesta con la propia vida interior.
Este, para Jung, es el objetivo de la segunda vida: empezar a integrar esos deseos, emociones o características de nosotros mismos que habíamos desterrado para encajar.
Un sentido propio
A partir de cierta edad, es fácil caer en la trampa de pensar que ya no nos queda nada que hacer, nada que aportar. Hemos cumplido el recorrido del sol, hemos alcanzado nuestro máximo esplendor, y ahora queda descender hacia el ocaso. Pero esta etapa puede estar llena de sentido si apostamos por la individuación: si encontramos un sentido propio.
Seguir madurando puede convertirse así en una etapa con sentido propio. Ahora el objetivo puede ser simplificar, comprender, reconciliarnos con lo vivido y desprendernos de identidades que eran demasiado estrechas. Podemos recuperar viejos proyectos descartados, aprender aquello a lo que no le dimos tiempo, explorar el mundo sin miedo a ser juzgados.
La diferencia radica en que esas decisiones ya no tienen por qué nacer de la necesidad de demostrar nuestro valor. Ahora llegan motivadas por una comprensión más profunda de lo que queremos hacer con nuestro tiempo.
Un primer paso
Si estás en ese momento de tu vida en el que todo te parece confuso e incluso un poco oscuro, tranquila. Cambiar de objetivos, darle sentido a esta nueva etapa, no siempre es sencillo. Para comenzar, te dejamos estos consejos inspirados en la psicología jungiana.
- Revisa tus criterios. ¿Bajo qué criterios estás juzgando tu vida? Pregúntate si sigues valorándote únicamente por tu productividad, tu utilidad, tu apariencia o el reconocimiento que recibas, porque si es así, estás errando el tiro.
- Distingue tu identidad de tu rol. No eres tu profesión, el rol que ocupas en tu familia ni el papel que ocupas en tu círculo de amigos. Piensa qué quedaría de ti si durante un momento aparataras tu profesión, tus responsabilidades y las expectativas de los demás; ahí se esconde tu verdadera identidad.
- Escucha lo que quedó sin vivir. Recupera aquellos intereses, deseos o capacidades que abandonaste para poder atender otras prioridades y comprueba cuáles siguen teniendo sentido para ti.
- Observa lo que sueles rechazar. Aquellas emociones o características de ti misma que te empeñas en negar pueden estar señalando necesidades que no has atendido hasta ahora. Quizá sea el momento de prestarles atención.
- Recuerda que el tiempo es limitado. Esta certeza no debe infundirte miedo, sino ayudarte a elegir con mayor claridad qué es lo que de verdad te importa.