La mujer que "fue tenida como ejemplo supremo de todas las matronas" por los romanos
Varias mujeres en la historia de Roma cuya fama de virtud, modestia y firmeza las convirtió en figuras admiradas y puestas como ejemplo durante siglos.
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Por Àlex Sala
Cornelia, madre de los Gracos educando personalmente a sus hijos. Joseph Benois Suvée. 1795.
En la antigua Roma, la mujer estaba siempre bajo la tutela de un hombre: durante la infancia era su padre quien disponía sobre su vida y la entregaba a un matrimonio que traspasaba su patria potestad a los maridos. A falta de estas dos figuras (al enviudar o quedar huérfanas), las mujeres eran tuteladas por otros parientes masculinos. A las matronas se les reconocía un gran prestigio, pero se consideraba que su mayor virtud era la de estar calladas.
Pese a ello, en diversas ocasiones la influencia de las matronas romanas logró traspasar los muros del hogar. Hubo varias mujeres en la historia de Roma cuya fama de virtud, modestia y firmeza las convirtió en figuras admiradas y puestas como ejemplo durante siglos. A partir del siglo I d.C., el prestigio de las matronas de la familia imperial fue tan grande que bastaba para legitimar en el poder a sus maridos, hijos o hermanos.
Cornelia, el ejemplo supremo de matrona
Cornelia (189-110 a.C.) era hija de Escipión el Africano y la madre de Tiberio y Cayo Graco. Según Cicerón, Cornelia "fue tenida como ejemplo supremo de todas las matronas". El político y filósofo destacaba su inteligencia y su cultura: "¿Y qué decir de las cartas de Cornelia, la madre de los Gracos? Algunas de ellas pueden aún leerse, y están escritas con notable elegancia".
Fue tal vez el mejor ejemplo de virtud republicana. En el capítulo dedicado a los hermanos Graco, Plutarco destaca la fidelidad hacia su marido, incluso tras enviudar: "Ella, por su parte, rechazó al rey Ptolomeo de Egipto, que quería compartir la diadema y casarse con ella". También destacaba su papel en la educación de Tiberio y Cayo, "hijos no tanto del vientre de su madre sino de su cultura", en opinión de Cicerón.
"Cornelia se hizo cargo de los niños y de la casa con tanta sensatez, amor por sus hijos y grandeza de espíritu", y los educó "con tanto empeño que, aun habiendo acuerdo en que eran los mejor nacidos de los romanos, parece que su virtud se debió más a la educación que a la naturaleza", explica Plutarco.
Sobre la modestia y la dedicación a su estirpe de esta venerable matrona, Valerio Máximo relataba en los Hechos y dichos memorables una anécdota muy extendida sobre ella: "Cuando una matrona de Campania, invitada en su casa, le mostraba sus propias joyas, las más bellas de aquella época, Cornelia mantuvo la conversación hasta que sus hijos regresaron de la escuela y le dijo: Estas son mis joyas".
De Cornelia, que vio morir a su marido y a sus dos hijos, "se cuenta que soportaba todas sus desgracias con nobleza y grandeza de ánimo", relata Plutarco. Tras la muerte de Tiberio y Cayo a causa de los enfrentamientos civiles provocados por las reformas agrarias en favor de la plebe que promovieron, se retiró a Miseno: "Era de muchos amigos y, por su hospitalidad, tenía una buena mesa; la rodeaban siempre griegos y hombres de letras, y los reyes recibían y le enviaban regalos. Era muy agradable con los que la visitaban y contaba a los que la acompañaban la biografía y modo de vida de su padre, el Africano; pero el mayor asombro lo causaba recordando a sus hijos sin lamento ni lágrimas, relatando sus sufrimientos y hazañas a quienes le preguntaban como si se tratara de personajes de tiempos remotos".
Agripina la Mayor
Nieta y madre de emperadores, Agripina la Mayor era hija del general Marco Vipsanio Agripa y de Julia la Mayor, hija de Augusto. Fue un verdadero ejemplo de matriarca de la primera dinastía imperial y un símbolo usado por la propaganda política de los Julio-Claudios. El historiador Tácito explica en los Anales que escribió en el siglo II d.C.: "Era casado Germánico con Agripina, nieta de Augusto, de quien tenía muchos hijos [...] Era a la verdad Agripina algo mal sufrida, si bien su mucha honestidad y amor a su marido la obligaban a procurar ir encaminando al bien aquel su ánimo indómito y levantado".
Agripina es ensalzada para reforzar la figura de su marido, Germánico, de quien Suetonio escribiría "que poseía todas las mayores virtudes de cuerpo y espíritu en grado que nadie alcanzó jamás". Tácito explica cómo Agripina acompañaba siempre a su marido, incluso embarazada, a sus campañas militares.
En una ocasión, no dudó en ejercer el mando militar sobre las legiones de su marido, una actitud insólita en una mujer: “habíase corrido tanto la fama del ejército sitiado, y que los germanos iban con el suyo hacia las Galias, que si Agripina no hubiera prohibido romper el puente sobre el Rin, no faltara quien de puro miedo se hubiera atrevido a tal vileza; más aquella generosa mujer, haciendo aquellos días oficio de capitán, dio a los soldados, según que se hallaban desnudos o heridos, vestidos o medicamentos [...] Allí alababa y engrandecía el valor de las legiones cuando a su vuelta iban pasando".
La pareja "gozaba hasta tal punto también del favor popular", que el celoso tío y padre adoptivo de Germánico, el emperador Tiberio "procuraba rebajar como inútiles sus actos más hermosos, y lamentar como funestas para el imperio sus victorias más gloriosas", explica Suetonio. Tras la repentina muerte de Germánico en Egipto, que los rumores en Roma atribuían a un envenenamiento, el emperador "persiguió cruelmente a la viuda y a los hijos de aquel héroe".
El día que las cenizas de Germánico fueron depositadas en el panteón de Augusto se convirtió en una muestra de adhesión a la causa de Agripina, explica Tácito: "Ninguna cosa penetró más el corazón de Tiberio que el aplauso de la gente en general para con Agripina, a quien llamaban honra de la patria, residuo de sangre de Augusto, único ejemplo de la antigüedad; y vueltos al cielo rogaban por salud para su descendencia y que viviese más que los ruines".
Tiberio, relata Suetonio, "la confinó en la isla Pandataria y, al prorrumpir ella en insultos contra él, la hizo azotar con tal violencia por un centurión, que le vació un ojo. Más adelante, cuando ella decidió morir de hambre, ordenó que, abriéndole la boca a la fuerza, le embutiesen la comida", aunque finalmente lograría dejarse morir de hambre.
Agripina la Menor
Una fama opuesta tendría la hija de Agripina y Germánico, Agripina la Menor, llamada así para diferenciarla de su madre. La leyenda negra tejida sobre la vida de la madre de Nerón se debe en gran parte a la actitud muy diferente a la de las dos otras abnegadas matronas que sufrieron estoicamente las humillaciones y las desgracias que les deparó su vida.
Tras la defenestración de Mesalina, varias mujeres se disputaron el favor y el lecho imperial de Claudio hasta que finalmente, según explica Tácito, "los regalos y las caricias de Agripina; la cual so color del parentesco, visitando muy a menudo a su tío, le obligó a preferirla a todas las demás y a dejarle gozar del poderío de esposa antes de serlo".
Pese a todo, Tácito reconoce la inteligencia y capacidad política de Agripina la Menor: "Desde el casamiento tomó la ciudad nueva forma, gobernándolo todo la emperatriz, no por vía de deshonestidades como Mesalina, que se burlaba del Imperio romano, mas haciéndose servir y obedecer como si fuera varón. En lo público se mostraba severa, y muchas veces soberbia; no había en su casa cosa deshonesta, sino cuando le convenía para mandar. A su inmensa codicia servía de cubierta el deseo de tener una masa con que acudir a las necesidades del Imperio.
Finalmente, su ambición por el poder la enfrentó a su propio hijo, Nerón que hizo que la asesinaran. Tras consumar el parricidio, según Tácito: "Nerón consideró el cuerpo de su madre muerta y alabó su hermosura, habiendo algunos que lo afirman, hay otros que lo niegan. Fue quemado su cuerpo la misma noche en una camilla donde se solía reclinar para comer y con viles exequias. Y mientras Nerón imperó, no se recogieron ni enterraron sus cenizas".