Sobre la autora del blog.

Marcia Losada García, LA HABANA, 1961
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Profesora titular e investigadora®, Universidad de La Habana (UH): Licenciada en griego antiguo y latín clásico, Facultad de Artes y Letras, 1984. Maestra en Estudios Semánticos Aplicados al Análisis de Texto y de Discurso, Facultad de Lenguas Extranjeras (FLEX), 1999. Doctora en Filología, Universidad de la Habana, 2003. Cuenta en su curriculum de estudios con el componente académico de Maestría en Lingüística Hispánica. Diplomada posdoctoral en Estudios de Sistemas Complejos del Instituto de Filosofía de la Habana, 2007. Presidenta de la comisión de Carrera de Estudios Lingüísticos Especializados (ELE) en la Facultad de Lenguas Extranjeras (FLEX), Universidad de La Habana, 2004- 2005. Analista del CENAM Org. Central (2010). Creadora y directora de la Red de Observatorios Universitarios (2012-2015). Ha pertenecido a cuatro claustros de Maestría y Doctorado (FLEX, Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), Dirección de Publicaciones Académicas-UH, 2015-2019) Miembro de la Junta de Acreditación Nacional de carreras (JAN). leer más.

lunes, 16 de marzo de 2026

"El secreto del éxito del Imperio romano está en los etruscos, ..." Artículo enviado por el Dr. Sergio Valdés Bernal

 

El secreto del éxito del Imperio romano está en los etruscos, los ingenieros de quienes los romanos lo aprendieron (casi) todo

Recorremos algunos de los avances técnicos etruscos que hicieron posible el desarrollo urbano romano, desde la casa con atrio hasta los sistemas hidráulicos que transformaron para siempre el paisaje de Italia central. 
El amanecer apenas iluminaba las colinas cuando los primeros obreros comenzaron a descender hacia el valle. Allí, entre el barro húmedo y las aguas estancadas, se levantaba una ciudad destinada a dominar el mundo, aunque todavía nadie pudiera imaginarlo. No había mármol ni columnas triunfales, solo zanjas abiertas, canales excavados y hombres que disponían del saber técnico necesario para dominar la naturaleza. Aquellos ingenieros no hablaban latín. Eran etruscos y estaban enseñando a los futuros romanos algo mucho más valioso que la guerra: el arte de construir una civilización.
 

Lo que vas a descubrir en este artículo

Siglos antes de que Roma se convirtiera en la cabeza visible del poder imperial, en ciudades como Tarquinia los etruscos ya habían aprendido a drenar pantanos, planificar calles, canalizar ríos y levantar templos. Para ellos, la ingeniería era tanto una cuestión práctica como una forma de ordenar el mundo y crear equilibrio entre la naturaleza y las comunidades humanas.
Esta historia comienza, por tanto, antes de los césares y de las legiones. Comienza con un pueblo cuya influencia quedó parcialmente oculta por el éxito de sus herederos. Comprender cómo los etruscos contribuyeron al desarrollo de la ingeniería romana no solo obliga a revisar los orígenes de la ingeniería imperial, sino también a plantear una pregunta incómoda: ¿y si el imperio más famoso de la Antigüedad fue, en gran medida, la obra maestra de un conocimiento heredado?
 

Un pueblo innovador más que imitador

¿Fueron los etruscos grandes visionarios o simples intermediarios culturales entre Grecia y Roma? Las investigaciones recientes no tienen dudas: hay que considerar a los etruscos como auténticos innovadores técnicos cuya ingeniería sentó las bases materiales del mundo romano. Aunque muchos de sus edificios se han perdido debido al uso predominante de materiales perecederos como la madera, el adobe y la terracota, los análisis arqueológicos han permitido reconstruir un panorama tecnológico sorprendentemente avanzado.

La arquitectura etrusca debe entenderse como un sistema dinámico que integró influencias orientales y griegas, pero adaptadas a las necesidades locales. Esta capacidad de adaptación explica por qué muchas soluciones técnicas adoptadas posteriormente por Roma, desde el urbanismo doméstico hasta la hidráulica monumental, tienen sus precedentes en Etruria.

 

De la cabaña villanoviana a la casa romana

Los orígenes de la arquitectura etrusca se remontan a la Edad del Hierro, entre los siglos X y VII a. C., cuando las comunidades habitaban cabañas construidas con postes de madera, entramados vegetales y barro. Estas estructuras respondían a una organización social compleja: las cabañas no albergaban necesariamente a una sola familia, sino que formaban conjuntos funcionales vinculados a los clanes domésticos. Estas unidades habitativas contaban con espacios diferenciados para el almacenamiento, la cocina y las actividades productivas.

 

En yacimientos como Satricum puede observarse un cambio arquitectónico que sería decisivo para la futura cultura romana. Durante el siglo VII a. C., las pequeñas chozas se sustituyeron poco a poco por edificaciones más amplias con funciones específicas. Ya en el siglo VI a. C., estas construcciones se organizaban en torno a patios comunes y grandes depósitos de agua.

Este proceso condujo al desarrollo de la casa con atrio, una innovación crucial. El sistema del compluvium (una abertura en el techo que servía para recoger el agua de la lluvia) y el impluvium (la piscina interior que la almacenaba) permitió integrar en las soluciones arquitectónicas la gestión hidráulica. La célebre casa romana con atrio, por tanto, no nació en Roma, sino en los contextos etruscos del periodo arcaico.

La revolución del espacio doméstico

La transformación arquitectónica fue tanto técnica como social. En lugares como Roselle o Marzabotto, algunas viviendas disponían de letrinas conectadas a canales de evacuación, lo que evidencia una preocupación sistemática por la higiene y el control del agua. La organización racional del espacio doméstico anticipa directamente el urbanismo romano posterior, visible siglos después en Pompeya o Herculano.

Además, los etruscos, como los romanos lo harían más tarde, supieron adaptar sus construcciones a entornos difíciles. En regiones húmedas como Spina o Adria, los etruscos desarrollaron un modelo basado en casas elevadas sobre pilotes, capaces de resistir a inundaciones. Este modelo constituye un antecedente remoto de soluciones arquitectónicas posteriores empleadas en zonas lagunares del norte de Italia.

 

Monumentalidad y poder: los grandes complejos etruscos

El desarrollo técnico etrusco alcanzó su máxima expresión en complejos monumentales como Poggio Civitate. Construido en el siglo VII a. C. y con casi 3800 metros cuadrados, este edificio figura entre las mayores estructuras del Mediterráneo arcaico. Su función exacta sigue siendo objeto de debate. Pudo haber sido un palacio aristocrático, un centro ceremonial o una sede política. En cualquier caso, su tamaño, decoración y organización interna confirman que se construyó siguiendo una planificación arquitectónica sofisticada. La presencia de talleres, patios y áreas especializadas muestra que los etruscos dominaron la arquitectura modular y la planificación funcional mucho antes del auge imperial romano.

 

Ingeniería hidráulica: el verdadero legado etrusco

Si existe un ámbito donde la influencia etrusca sobre Roma resulta incuestionable, es la ingeniería hidráulica. Los etruscos desarrollaron sistemas avanzados de gestión del agua mediante canales subterráneos conocidos como cuniculi. Estas galerías permitían drenar terrenos, controlar las inundaciones y abastecer de agua los asentamientos.

El ejemplo más emblemático se encuentra en el corazón de la propia Roma, en concreto en el valle donde surgiría el Foro Romano. A finales del siglo VII a. C., el drenaje de esta zona pantanosa posibilitó la expansión urbana de Roma. Sin las técnicas hidráulicas etruscas, la ciudad difícilmente habría pasado de ser un asentamiento modesto a convertirse en una gran capital urbana. La posterior construcción de grandes infraestructuras de saneamiento, como los sistemas de alcantarillado primitivos que precedieron a la Cloaca Máxima, demuestra la transferencia directa de conocimientos técnicos entre etruscos y romanos.

 

Tecnología, intercambio cultural y conocimiento práctico

Los etruscos, además, mantuvieron intensos contactos con el mundo griego oriental, en especial con centros como Samos. Sin embargo, su mérito radica en haber transformado esas influencias para crear soluciones propias. Así, adoptaron técnicas extranjeras, pero las adaptaron a los distintos contextos italianos, desde terrenos volcánicos hasta paisajes pantanosos. El uso sistemático de tejas, estructuras de madera complejas y técnicas constructivas como el tapial y el opus craticium demuestra una comprensión profunda de las características de los materiales disponibles. La ingeniería etrusca fue, por tanto, eminentemente práctica: buscaba la eficiencia, la durabilidad y la adaptación al medio.

 

Del mundo etrusco al Imperio romano

Cuando Roma comenzó su proceso de expansión, muchas de las soluciones arquitectónicas fundamentales que adaptaría la nueva fuerza política ya existían en Etruria. La planificación urbana, la casa con atrio, la gestión hidráulica, el uso de patios interiores y la adaptación de los edificios al terreno fueron adoptadas y perfeccionadas por los romanos.

Autores antiguos como Vitruvio reconocieron indirectamente esta herencia al vincular las formas arquitectónicas romanas con las tradiciones más antiguas. La propia memoria romana conservó ejemplos simbólicos, como la cabaña de Rómulo en el Palatino, que recordaban un pasado constructivo profundamente influido por modelos etruscos.

Así, la ingeniería romana, que, con frecuencia, se considera una creación ex nihilo, se muestra hoy como el resultado de un largo proceso de transferencia tecnológica. Roma heredó de los etruscos tanto las técnicas constructivas coo su peculiar manera de concebir la relación entre arquitectura, sociedad y paisaje.

 

Referencias

  • Bizzarri, C.; Soren, D. 2016. "Etruscan Domestic Architecture, Hydraulic Engineering, and Water Management Technologies: Innovations and Legacy to Rome", en S. Bell y A. A. Carpino (eds.), A Companion to the Etruscans, pp.129-145. Wiley-Blackwell.

"El faraón no era solo un monarca absoluto: [...]" Artículo enviado por la Dra. Marcia Losada

 

El faraón no era solo un monarca absoluto: era el intermediario entre 

los hombres y los dioses y el garante del orden cósmico

Un completo ensayo recorre 3.000 años de monarquía egipcia y revela cómo la imagen convirtió al faraón en rey absoluto y dios eterno.
El faraón era el propio Estado en sí mismo, primer funcionario y máxima autoridad divina a la vez 
Durante siglos, el faraón ha sido reducido a una imagen tan poderosa como simplificada: un monarca todopoderoso, dueño de pirámides colosales y ejércitos invencibles. Sin embargo, esa visión, heredera en parte del imaginario romántico del siglo XIX, se queda corta. Mucho más compleja, profundamente simbólica y cuidadosamente construida es la figura que reconstruyen Cristina Durán y David Barreras en Faraón. Historia, iconografía y significación de la realeza en el Antiguo Egipto, publicado por la editorial Pinolia recientemente.
Lo que vas a descubrir en este artículo
 El volumen, de casi cuatrocientas páginas, se adentra en lo que fue, probablemente, la institución política más duradera de la Historia. Tal y como indican los autores desde la introducción, el término “faraón” —procedente de “gran casa”— no designaba en origen a una persona, sino al propio palacio real, es decir, al centro mismo del poder. Esa evolución semántica no es anecdótica: refleja cómo el soberano egipcio acabó identificándose con el Estado, con el orden cósmico e incluso con lo divino.

Lejos de ofrecer una simple narración cronológica, la obra se estructura en torno a los pilares que sostuvieron la monarquía nilótica: la institución regia y sus símbolos, los privilegios del rey, su política interior y exterior, la familia real, la evolución histórica de la monarquía y, finalmente, la iconografía y su significado profundo. El resultado es un estudio que combina historia política, análisis religioso y lectura iconográfica con una intención clara: explicar por qué el faraón fue rey en la Tierra y dios en el Cielo.

Un poder que nace antes de las dinastías

Uno de los grandes aciertos del libro es comenzar mucho antes de las pirámides. Barreras y Durán retroceden hasta el Predinástico para mostrar cómo los símbolos del poder faraónico no surgieron de la nada, sino que fueron el resultado de una lenta evolución cultural. Las necrópolis de Nagada, Hieracómpolis o Abidos revelan ya, en el IV milenio a.C., una sociedad estratificada donde ciertos individuos eran enterrados con mazas ceremoniales, paletas cosméticas y ajuares suntuosos.

Esos objetos, que más tarde asociamos al faraón histórico, tienen aquí su origen. La maza, por ejemplo, no es solo un arma: es la representación física de la capacidad de castigar y mantener el orden. La iconografía de la “masacre del enemigo”, que alcanzará su forma canónica en época dinástica, hunde sus raíces en estos primeros caudillos del Alto Egipto.

La célebre Paleta de Narmer ocupa, como no podía ser de otro modo, un lugar central en este relato. El análisis que hacen los autores va más allá de la mera descripción artística. Interpretan la escena como propaganda política, como afirmación visual de la unificación y, sobre todo, como manifestación de una idea fundamental: el rey es el garante de la Maat, el orden cósmico que equilibra el universo.

Este énfasis en la Maat es constante a lo largo del libro. El faraón no gobierna solo por la fuerza ni por derecho dinástico; gobierna porque encarna el equilibrio entre caos y armonía. Si Egipto prospera, es porque el rey cumple su función sagrada. Si el orden se rompe, la responsabilidad recae también sobre él.

Sacerdote supremo, general y dios

Uno de los aspectos más interesantes de la obra Faraón es la insistencia en el carácter múltiple del faraón. No fue únicamente un monarca absoluto. Fue, al mismo tiempo, sumo sacerdote, jefe del ejército, legislador, juez y símbolo viviente de la divinidad.

Tal y como explican los autores, el faraón actuaba como intermediario entre los dioses y los hombres. Su legitimidad no provenía solo de la sangre, sino de su condición de descendiente del demiurgo creador. En vida, era Horus; tras la muerte, se identificaba con Osiris. Esta dualidad —rey humano y dios eterno— permitía que la institución sobreviviera a cada individuo concreto.


La dimensión militar también es analizada con detalle. Las escenas de caza y guerra, tan repetidas en relieves y templos, no son simples crónicas bélicas. Son construcciones simbólicas donde el rey derrota al caos, representado por enemigos extranjeros o animales salvajes. La victoria no es solo territorial; es cósmica.

En paralelo, la obra examina la política interior y exterior, el papel de la corte y la compleja red burocrática que permitió a Egipto mantenerse como un Estado centralizado durante milenios . Aquí se desmonta el tópico de una civilización inmóvil. Aunque la iconografía permaneciera aparentemente inalterable, la realidad política fue dinámica, con períodos de esplendor, crisis y fragmentación.

La imagen como herramienta de poder

Quizá el capítulo más sugerente sea el dedicado a la iconografía. Sus autores defienden que el arte egipcio no puede entenderse como mera estética. Era un lenguaje sagrado, un sistema codificado cuya función no era representar la realidad, sino crearla.

La repetición de determinadas escenas —el rey golpeando al enemigo, ofreciendo a los dioses, participando en rituales— no responde a falta de creatividad, sino a la necesidad de reafirmar el orden. En el pensamiento egipcio, la imagen tenía eficacia mágica. Representar la victoria era garantizarla eternamente.

Esta interpretación resulta especialmente iluminadora cuando se aborda el fenómeno de las pirámides. Lejos de ser simples tumbas monumentales, fueron auténticas “máquinas de resurrección”, en palabras que los autores desarrollan a lo largo del texto. La arquitectura, la orientación astronómica y los rituales asociados formaban parte de una misma lógica: asegurar que el faraón continuara ejerciendo su función en el más allá.

Una monarquía que sobrevivió tres milenios

El recorrido histórico, que abarca desde el Período Arcaico hasta el período Tardío, permite observar cómo la institución se adaptó a invasiones, crisis internas y cambios económicos sin perder su núcleo simbólico. Incluso en momentos de fragmentación, la idea del faraón como garante de la Maat permaneció.

Especial atención merece el capítulo dedicado a las “faraonas” y mujeres con poder. La inclusión de figuras como Hatshepsut o Cleopatra no responde a una moda contemporánea, sino a la constatación de que la realeza egipcia fue más compleja de lo que a menudo se presenta.

En conjunto, Faraón es una obra ambiciosa y sólida. Combina el rigor académico —sustentado en bibliografía especializada— con una prosa clara, pensada para el lector interesado pero no necesariamente experto. El libro no se limita a narrar hechos; invita a repensar la naturaleza misma del poder.

Al cerrar sus páginas, la conclusión resulta evidente: el faraón no fue solo un rey antiguo. Fue una construcción política, religiosa y simbólica tan eficaz que logró presentarse como inevitable durante más de tres mil años. Y comprender esa construcción es, en buena medida, comprender cómo nacen y se legitiman las grandes estructuras de poder en la Historia.